19 junio 2014

Boicoteando mi propio descanso.

Tengo sueño, mucho sueño pero…



Me quedo leyendo en el sofá porque estoy súper enganchada a mi libro y, dos horas después, sigo despierta y obligándome a parar cuando acabe el capítulo. Bueno, el siguiente y lo dejo.

Voy a escribir el post de mañana y estoy en blanco. No se me ocurre nada, no encuentro tema, ni inspiración, ninguna idea en el horizonte, ni post escritos para casos de emergencia. Los minutos se esfuman ante mi PC y mi documento de Word vacío con un cursor inquisitorio.

El Whatsapp está de lo más animado y, entre chat y conversación, foto y vídeo, ya es demasiado tarde para que pueda considerarse temprano.

Acaba de empezar una peli –generalmente bodrio o Cadena perpetua- que he visto 100 veces y, como es viernes y me vuelvo tolerante con mis planes, con ésta serán 101 y la puta hora.

Abro Twitter y una parida me lleva a un chiste, una respuesta a un fav, una cuenta a descubrir otra y a tragarme todo su historial de tuits hasta mucho más tarde de lo previsto inicial e inocentemente.

Mi cuerpo decide que las 9:00 del sábado es una hora estupenda para comenzar el fin de semana, aunque haya cerrado todas las persianas a cal y canto con la intención de dormir hasta reventar.

Me entretengo con el blog porque hasta que cada foto no quede del tamaño exacto no puedo parar. Y ser tan quisquillosa lleva su tiempo -y pasa volando-.

Mi propósito de siesta dominical se va al garete viendo cómo quedará una casa en Wisconsin tras una reforma cargada de imprevistos. ¿La amarán o la venderán?

Al terminar mi última novela negra, empiezo la siguiente -me gusta tener siempre un libro entre manos; de nuevo las manías…- y ¡mierda! ¡Ya me he vuelto a enganchar al crimen!



Quiero acostarme pronto. Estoy agotada. Necesito descansar. Tengo que cargar las pilas. Salvo que esas prioridades se ven rápidamente desplazadas por un enfoque mundano y cortoplacista que no piensa en el despertador de mañana…

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