30 octubre 2014

La mala ortografía.

Escribir bien está pasado de moda. Nadie parece prestar demasiada atención a lo que leerá el prójimo. Con lo poco que cuesta esmerarse y lo que se agradece un texto en condiciones.



La ortografía va de mal en peor y resulta sorprendente, considerando que nada está escrito directamente sobre el papel. Toda comunicación se realiza mediante dispositivos electrónicos con la función auto-corrector establecida por defecto. Ésta se dedica exclusivamente a señalar, descaradamente, cada una de nuestras faltas. Y sin embargo, permanecen ahí. Las puedes ver en cada e-mail, mensaje, whatsapp, documento o presentación. Y a nadie parece importarle demasiado. ¿En qué nos estamos convirtiendo? Si nuestros profesores de lengua levantaran la cabeza…

El asunto de las tildes está totalmente desbocado, como si fueran prescindibles. Una norma tonta que se inventaron hace siglos y de la que podemos pasar tranquilamente. Hoy en día, fijarse en esas cosas es de sibarita o de pringado, seguramente de ambos. Qué más dará ponerlas o no, si al final nos entendemos. Llegados a estos extremos de laxitud, sólo nos queda comer con los pies encima de la mesa y masticar con la boca bien abierta.

Además, la RAE no hace más que allanar el camino hacia el analfabetismo. Sus niveles de tolerancia están bajo mínimos. Han llegado a simplificar tanto sus usos que me estoy quedando desfasada con mi ortografía de EGB. Ahora resulta que todas las reglas que tuve que interiorizar durante mi escolarización están rayando el error ortográfico o gramatical. ¡Hasta aquí podíamos llegar! Porque anda que costaba mucho colocar una tilde a sólo de solamente o diferenciar éste -pronombre- de este –adjetivo demostrativo-.

Sin embargo, ni la flexibilidad académica ni la tecnología podrán hacernos todo el trabajo. ¡Oh! El resultado final dependerá, indefectiblemente, de los conocimientos ortográficos del autor. Si la memoria no alcanza a recordar las reglas más básicas, los textos estarán repletos de faltas muy graves. Lo peor, que nunca serán conscientes, tamaña dejadez a la hora de escribir implica que le relectura no forma parte de sus hábitos. Así, nos encontraremos con haber en lugar de a ver, y viceversa; echo y hecho intercambiados; porque, por que y por qué utilizados tan mal que se me saltan las lágrimas.


Y luego está la puntuación. Menospreciada, rebajada, denostada, apaleada, es la gran olvidada. Si no importan las tildes, cómo vamos prestar atención al punto y coma.
Estamos en una situación tan crítica que ni siquiera tienen la categoría de error. Así, cualquier escrito salpicado de comas sin orden ni concierto puede pasar por bueno sin que se mencione el tema. Ya no me atrevo a corregir los fallos de puntuación de un texto porque me miran raro, piensan que soy una petarda maniática. Aunque sea tan flagrante como SUJETO, VERBO. Semejante patada en la boca del estómago de la lengua española (y diría que en la del resto de idiomas) tendría que chirriar a cualquiera que tuviera el graduado escolar. Por eso creo que los concursantes de MYHYV son los escribanos de todos los despachos del país.


Personalmente, paso muchísima vergüenza ajena cuando leo algunos sacrilegios, aún sabiendo que al infractor le viene importando un auténtico carajo. Pero me agobia pensar que, como me descuide, puedo ser yo la que esté enviando semejante mamarracho y que al otro lado se encuentre alguien de mi calaña.



27 octubre 2014

¿Tallas grandes?

La parada del autobús escolar de mi niño se encuentra frente a una tienda de tallas grandes así que he visto desfilar unas cuantas temporadas por sus maniquís. Además, esta tendencia está en alza, la oferta se amplía y cada vez son más las marcas que incorporan el + en sus catálogos. Y, francamente, estas modelos me parecen un auténtico timo.



Estas mujeres son absolutamente normales –bueno, especialmente guapas que para eso viven de su imagen-. Seguramente sí necesiten una talla 44 pero, claro, midiendo 1,90 no es para menos. Diría que el equivalente, a ojo de buen cubero, vendría a ser una 38 para una altura de 1,60. La más absoluta normalidad. Totalmente estándar. Pero, ¿acaso es eso lo que tratan de vender?


El fraude de estas marcas es exactamente el mismo que impera en el mundo de la moda en general. Una modelo de 1,80 con una talla 36 es tan irreal como una de casi dos metros y una 46. Para erigirse como el estandarte de la mujer real, la que pasea por nuestras calles, la que tiene curvas y está contenta con su cuerpo, se han pasado unos 30 centímetros de altura. Su imagen XL resulta tan inverosímil como la del resto de tallas.


Puede que exista alguna señora que tenga problemas para encontrar ropa adecuada a su tamaño y que sea, además, altísima y perfectamente proporcionada. Pero considerando que la media de la mujer española no alcanza los 165 cm, el reclamo de las marcas XL no se corresponde, en absoluto, con la realidad de las consumidoras finales. Porque una señora de metro y medio con una 48 estará a años luz de parecerse a estas tops plus, igual que lo estoy yo.


Y aunque algunas marcas nos presentan cuerpos algo más contundentes, me sigue pareciendo purito marketing: tías guapas vendiendo ropa. Yo no veo por ninguna parte el lado queen size que tratan de vendernos.




Así que menos rollo con las tallas grandes y las mujeres reales, que estas señoritas no son ni las que pasean por nuestras ciudades ni las que entran en estos comercios. Son tan lejanas y divinas como todas las modelos.

23 octubre 2014

Ropa de niños para el invierno (by H&M).

No sé si de mayor mi hijo se pondrá pesado con la ropa y las marcas pero, de momento y hasta que no me quede más remedio que claudicar, es de H&M, como su madre.


A mí me da igual que mi niño se ensucie, juegue tirado por al suelo, se arrastre por la acera, se manche de barro, se pinte con rotulador o acuarelas, haga la croqueta en el parque o salte en un charco. No me importa nada su ropa, su sino es estropearse o romperse. Así que, para ahorrarnos discusiones y disgustos, la compro bonita y barata, buena, no tanto. Porque aunque me gastase más, sucedería igualmente.

Así que mi primera gran incursión de la temporada en H&M Niños ha sido para abastecer el armario infantil, plagadito de bermudas con este verano que no acaba de irse.
Intuyendo que todo lo bueno termina, he tenido que hacer acopio de ropa de invierno, un poco de todo. Vengo a dejar constancia de todos mis hallazgos y algunas de mis compras, porque todo lo primero no se ha transformado en lo segundo...


  • Imprescindibles los jerséis de rayas marineras o de punto gordo. Últimamente, echo de menos los cárdigans, solían tener siempre un par de modelos pero llevo unas temporadas sin verlos. A ver si vuelven que, además de muy cómodos, me encanta la pinta de los niños con ellos.


  • Aunque todavía no están muy presentes en mi armario de ropa de niño, la propuesta chandalera me ha gustado también. Una selección discreta y que pega con cualquier color –siendo un chico, la gama que barajo viene a ser de 4 ó 5 colores-. Tampoco soy muy amiga de las capuchas, nunca sé bien si ponerla por dentro del abrigo y que el niño parezca cheposo o por fuera y que se vaya azulando por falta de oxígeno, pero como abrigo de entretiempo sí me convencen.


  • El tema partes de arriba es bastante flojo, hay que rebuscar mucho y, aún así, no consigo hacer el invierno. H&M tiene muy pocas camisas y la inmensa mayoría de las camisetas tienen estampado animado. Yo nunca compro ninguna prenda con dibujos, tengo la certeza de que sólo me traerá problemas –diría que un berrinche cada vez cada vez que no se la ponga- así que en mi casa sólo entran de pijama y eso limita mucho mis impulsos compradores.


  • El surtido de pantalones es siempre muy amplio. Hay un montón de modelos en muchísimos colores aunque si no andamos ojo avizor, se nos puede colar alguna chachada, que también abundan entre sus burros.


  • Abrigos muy chulos: la clásica trenca, el chaquetón marinero y la parca verde en versión un poco anorak –lo justo para que no lo sea- a la que, supongo, se podrá quitar el pelo antes de que dé alergia.


  • La oferta de calzado no es de mis favoritas, como te descuides tienes un vástago rapero, pero siempre puedes contar con unas cuantas versiones de las Converse. Propongo otro par de playeras que no me han parecido demasiado mal aunque no dejo de verles un punto choni. No las he comprado de momento.


Probablemente a algunos padres les guste que sus retoños decidan la ropa ellos mismo, yo tengo claro qué elegiría el mío y por qué, bajo ningún concepto, voy a dejar que eso suceda.





20 octubre 2014

Mi experiencia en la TV.

Por una serie de carambolas relacionadas con el Día Mundial Contra el Cáncer de Mama y la buenísima y muy aconsejable idea de congelar óvulos antes de la quimioterapia, acabé contando mi testimonio en un programa matutino de la televisión autonómica.



Llegué a los estudios y me guiaron hasta el pequeño plató en el que se grabaría mi intervención, que estaba en medio del gigantesco staff de redacción petado de gente, para ir quitando la vergüenza.
Me sentaron en una mesa alta, me colocaron el micrófono, el pinganillo –para empezar de la manera más fácil, fue una conexión en directo en lugar de unas preguntas cara a cara- y, como única indicación, “Tú mira a la cámara”.
Nada de pasar por maquillaje para quitar los brillos, ninguna prueba de sonido o lo que sea que te imaginas que haya que probar. Tampoco hubo ensayos, sólo una conversación telefónica previa para preparar las preguntas.
Y, de repente, estaba en directo en un programa de televisión mañanero que nunca había visto -por coincidir con horario de oficina-, pero que bien podía contar la historia de una señora con problemas con su comunidad de vecinos o de un tipo al que atracaron en pleno centro tres rumanas carteristas. Es esa clase de programas. Y allí estaba yo, hablando de la preservación de la fertilidad y el cáncer.

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A pesar de salir en todo momento acompañada de imágenes de tetas espachurradas que no terminan de favorecer y que, para mi sorpresa y desconcierto, estoy intentando ser madre sin yo saberlo, la experiencia ha estado bien.
Una cosa más que nunca pensé que haría.

16 octubre 2014

Enganchada al negro.

Imprescindible en el armario, en el humor y, definitivamente, en mi biblioteca. Soy adicta a la novela negra.



Llevo unos años relajando mi listón literario. Desde que soy una madre despistada con una gran vida interior necesito libros que me enganchen desde la primera página. A la mínima exigencia de concentración, me encontraré divagando por derroteros menos interesantes y más urgentes como lo que tengo que hacer mañana en la oficina, la lista de la compra, qué me pongo si llueve o dónde habré dejado algo… Me gustaría ser capaz de leer como antes, disfrutando también de las palabras, las frases, los personajes pero, de momento, me veo abocada al crimen.

Nada me relaja más que el thriller. Asesinatos, persecuciones, tiroteos, mafia de cualquier nacionalidad, secuestros, desapariciones y peleas son mi final de día perfecto. Me sumerjo en el hampa como quien se da un baño de espuma.

Además, necesito tener un delito de repuesto en la mesilla. Saber que estoy con el último libro de mi stock criminal me tensa. Tengo que ir urgentemente a por un nuevo kit negro, que no se vende en farmacias sino en librerías y con horario comercial. Así que siempre compro novela policiaca por medias docenas, tres kilos de papel –desconozco el equivalente en árboles- cargados de sangre.

El problema es que, como toda adicción, responde a la compulsión más que al disfrute. El placer se mide únicamente por páginas; la lectura no deja ningún poso. Las historias se amontonan en mi biblioteca pero en mi memoria no queda ni rastro. Soy incapaz de recordar cuándo, cómo, por qué y, sobre todo, quién mató a quién. Pero no importa porque desconecto, me entretengo, no pienso y sigo manteniendo vivo mi reflejo lector, por si algún día cambio de género…



Y así, con el arrullo de los disparos y los navajazos, concilio un sueño de lo más blanco.

13 octubre 2014

Chamarilera.

Me encanta trastear en los mercadillos. Rebuscar entre cosas viejas -y baratas, por supuesto- cosas para mi casa y, ya que estoy, para mí también.



Mientras más cutre sea el puesto, tienda o almacén, más disfrutaré durante el proceso. No me dejo llevar por el ambiente decadente, la suciedad o el entorno. Entre pilas, cuchillos usados, montañas de revistas viejas y muñecos amputados, yo sigo a lo mío, mirando a ver si aparece un pequeño tesoro.

Encuentro cosas chulas en una manta improvisada por un menda con una pinta tan chunga que me pregunto de dónde habrá sacado ese bolso antiguo de Loewe que me está vendiendo por 20€ y si lo sabrá su abuela.

Una gitana me ha vendido dos anillos de bronce -dijo ella- por 5€ y si le doy bien fuerte con el algodón mágico (?) brillarán como si fuesen de oro. Pero a mí me gustan así, viejos.

Bucear en los almacenes de antiguallas, intentando moverte en la oscuridad, entre montañas de muebles con telarañas, retratos que asustan y espejos que te reflejan por sorpresa para darte un susto de muerte. Y, de repente, ver alguna cosa con oportunidades de llegar a ser bonito. Con una lijadita y un retapizado quedaría increíble, como si yo fuese capaz de hacer algo. Pero es ahí donde compré la trona que ha usado mi niño durante más de dos años -tras un proceso de maqueo que la pertrechada y capaz madre una amiga llevó a cabo de manera espectacular-. Estoy pensando en dejarme caer de nuevo a ver qué se cuece.

Me entusiasman los desembalajes. Fisgar cuadros, jarrones, armarios, baúles, aparadores, mesas, sillones, percheros, cajas, figuras. Ahora, mi dormitorio tiene una consola, una silla de jardín un poco rococó y algo oxidada y una colección de fotos de flores en blanco y negro. Ha sido un largo proceso recolector que tiene pinta de no acabar...

También me he dejado caer por los traperos y pensado que me encantaría tener hueco en mi cocina para colocar una de sus viejas mesas de madera y mármol o disponer de un comedor vacío para poder llevarme ese juego de mesa y cuatro sillas setentero de poco más de 100€ y que quedaría que te mueres con un tapizado nuevo (de nuevo, me imagino sabiendo tapizar). Al final, sólo pude comprar un par de libros de a euro por eso de no irme con las manos vacías. También volveré.

Confieso que en alguna ocasión he caído en el colmo de la baratura: la basura. No me dedico a rebuscar, han sido más bien apariciones, un objeto destellando entre los cascotes de un contenedor de obra. Eso sí, siempre colocado muy a mano y, sobre todo, sin testigos. No sería un gran momento para mí si alguien me pillara cogiendo mierdas. En un primer momento, me embriaga la satisfacción del descubrimiento pero luego tengo que cargar con el sentimiento de cutre salchichera, hasta que esté limpio y luciendo mono en algún rincón de mi casa. Y así he encontrado un cartel para el cuarto de mi niño y una letra que tengo colocada en el mío.



Cada vez que me doy una vuelta por un rastro y veo un mueble que me gusta pienso lo bien que quedaría en mi casa imaginaria y siempre por amueblar (aunque haya decorado la cocina cinco veces ya). Haría una combinación increíble gracias a IKEA y a todos los tesoros descubiertos. ¡Y en mi cabeza la combinación queda de revista!

09 octubre 2014

Ecocochina.

¡Aprovechemos la energía de todos nuestros electrodomésticos! ¡Démosles un uso más! ¡Uno un poco guarro!


Y así es como a una señorita, tras repetir estas frases tres veces a medianoche delante de un espejo, se le ocurrió guisar pescado en su lavaplatos. Y tuvo tanto éxito que comenzó a escribir un blog, publicó un libro y ahora es la imagen de un anuncio de su electrodoméstico favorito.
Desconozco qué grado de posesión ecológica hay que tener para llevar a cabo semejante eco-guarrada porque yo lo tengo clarísimo. A mí la mezcla de comida reseca, platos sucios, cocción a baja temperatura, ecología y ahorro me parece espeluznante.



La mujer en cuestión tiene una pinta estupenda. Su cocina es ideal. Y el contenido de su lavavajillas antes de ser usado no se parece en absoluto a ninguno que haya tenido el placer de ver. Su antes es descaradamente mi después. Supongo que por eso se lanza tan alegremente a cocinar ahí dentro.
Aunque también puede ser que tenga dos y haya prescindido de la vitrocerámica y el horno. Entonces, en lugar de ser el súmmum del ahorro, es una despilfarradora de agua y energía, con el aparato encendido y consumiendo todo el día.


Visto el percal, a mí también se me ocurren unas eco-ideas estupendas para aprovechar la energía de forma alternativa y muy cochinamente.
- Usar el calor que despide la plancha una vez apagada para hacer deliciosos sándwiches con bien de mantequilla y queso. Y luego repasamos los puños de la camisa.
- Utilizar las pelusas de debajo de la cama como relleno de cojines (te llevará un tiempo).
- Hacer compost casero. En sólo tres meses tendremos el perejil más verde de todos los alfeizares del patio.
- Usar el agua de fregar los platos para llenar la bañera y darnos un relajante baño. No desperdiciaremos ni una gota y no nos sentiremos eco-culpables por el despilfarro acuático.
- Si el lavaplatos es cocción a baja temperatura, la lavadora es perfecta como olla exprés. Lavamos las sábanas y hacemos una deliciosa fabada asturiana.
- Procurar una nueva vida a los pelos del desagüe haciendo postizos para moños.
- Reutilizar el aceite de freír como mascarilla para cara, cuerpo, cabello. Y los restos del empanado son geniales porque así exfoliamos un poquito también.
- El agua caliente de la ducha es perfecta para descongelar alimentos. No le des más vueltas y mete los filetes contigo. En unos minutos, estarán listos para cocinar.
- No desperdiciemos microondas, en una misma tanda caben un montón de cosas: la leche del café, el potito del niño, las lentejas de ayer…


Así que no tengáis miedo al qué dirán. Si esta tía lo ha conseguido, todos podemos. Venderemos cada cochinada como verde y/o ahorro y el triunfo será nuestro. ¡De la fregadera al estrellato! ¡Ecopower!


06 octubre 2014

Montoneras.



Definición
Espacios de la casa autorizados –por uno mismo, por consenso familiar o de forma tácita- para acumular toda clase de papeles y objetos de dimensiones y utilidades variables sin que por ello, y siempre según el criterio propio o consensuado, reine el desorden.
Ordenar la casa consiste en recoger el resto de zonas pasando de largo de las montoneras, que forman parte de la decoración.


Disposición
Las montoneras se organizan en función de la distancia con respecto a la puerta de casa. Así, cada una de ellas tendrá un uso concreto y muy específico. Esto te permite tener la basura acumulada pero clasificada según su ubicación en tu hogar.

Primer lugar de apoyo
Cualquier objeto del mobiliario susceptible de ser continente en la zona de la entrada –balda, mesa, sifonier, mesita, armarito, radiador- tendrá un altísimo nivel de probabilidades de convertirse en la primera montonera del hogar. Cartas, folletos, propaganda, cupones descuento, catálogos… Del buzón a casa, sin abrir siquiera. Estoy valorando colocar un segundo buzón en casa, para dejarlo todo oculto y ordenado porque es como si jamás hubiese salido de ahí.

Segundo sitio de apoyo
Los papeles importantes, las cartas que sí hemos abierto y requieren algo de nosotros, la lista de la compra, un cargador, el menú escolar, monedas varias -euros, libras, una de 100 pesetas o alguna más exótica-, recetas del medicamento que recetaron a tu hijo en alguna ocasión y que ya no sabes ni para qué sirve, una notificación de Correos. Esta sería la montonera del día a día y de aquellas cosas que no encuentro el arrojo de tirar. Aquí buscaré, y pocas veces encontraré, el papel que necesito y que decidí “guardar” aquí para que no se pierda.

Tercer punto de apoyo
El más alejado de la casa pero el que más ocupa. Tiende a expandirse y hacer que su entorno se vuelva, a su vez, susceptible de montonera. El sitio más apropiado para dejar lo que sea y olvidarse del asunto, pero sabiendo que lo tienes, aunque nunca lo localices en caso de necesidad.
Yo ni siquiera soy consciente de que un día tuve un escritorio. Ha desaparecido bajo montañas de revistas -de las bonitas de más de 5€, que por eso no las tiro-, fotos, recortes de cosas que me parecían interesantes pero que nunca volvieron a despertar mi curiosidad, álbumes a medio hacer, manuales de cosas, algún tocho de papeles que me traje del curro para mirar en casa y que luego volví a imprimir en la oficina, cables para conectar algún dispositivo desconocido a otro, CDs sin caja ni indicaciones sobre su contenido –si es que lo tiene-, libros. El único límite que posee esta montonera es la gravedad y siempre encuentras la manera de colocar algo más.


Duración
El tiempo medio de vida de una montonera tiende a infinito. A base de desidia, hemos convertido esos lugares en imprescindibles para el funcionamiento de nuestros hogares.
Aunque tratemos de mantenerlos despejados, su destino ya ha sido trazado. Montonera serás para siempre.



Ahora mismo me encuentro en plena fase de concienciación para liberar de su yugo una de las montoneras de mi casa. ¿Seré capaz de ir más allá de la simple reubicación y ocultación de objetos? ¿Conseguiré perder el miedo a tirar un cable que no sé para qué sirve? ¿Podré deshacerme definitivamente de lo que abulta y desordena?
Y la cuestión fundamental, ¿tengo el síndrome de Diógenes?

02 octubre 2014

Por la paz, un avemaría.

Mi avemaría por nuestra paz.
Respetarte aunque humilles.
Equilibrar lo que siempre estuvo descompensado.
Mi aprecio pero tu indiferencia.
Transformarme para que tú no tengas que hacerlo.
Dejarlo estar.
Mi silencio a cambio de cualquiera de tus menosprecios.
Poner el doble de lo que tú estás dispuesto a dar.
Callar.
Mi esfuerzo para compensar tu parte.
Justificarte, inconsciente del daño que haces…
Oídos sordos y muchas palabras necias.
Mi renuncia por nosotros.
Aguantar mientras tiras, aprietas, ahogas.
Convencerme de tu inocencia.
Mi educación para tus desplantes.
Un gesto amable los años bisiestos.
Tus reglas o nada.
Mi calma para tu tempestad.
Respirar hondo cuando oprimes.
Tu cuenta de favores.
Mi cariño, sólo el mío.


¿Trato hecho?